jueves, 15 de febrero de 2018

La muerte de un hijo merece más!


Muchas veces quisiera negar la realidad de la muerte de Gabriel, quisiera seguir con mi vida como si nada hubiese pasado...pero, es eso posible? 

Para mi nunca fue una opción. Nunca negué su muerte, nunca intenté seguir con mi vida como si nada hubiese pasado.
Gabriel había muerto, Gabriel ya no estaba mas físicamente, como podía entonces yo seguir como si nada? 
No! Gabriel no merecía eso, Gabriel merecía ser sentido, merecía su ausencia física ser vivida, merecía que mi vida cambie, que haga algo en honor a el, merecía que su muerte tenga un sentido, que yo haga una pausa en mi vida para escuchar su mensaje, que abra mi corazón, mis ojos, mis oídos, que sienta su ausencia presente, que cambie, que mute, que mude de piel...Gabriel merecía y merece que hoy mi vida no sea la misma y que yo ya no este caminando por el mismo camino que hace 7 años.

La muerte de un hijo no se olvida, no se pasa, no se supera, no se sigue viviendo igual, no se hace como si nada hubiese pasado.

Fernando de Szyszlo, pintor peruano dijo tras la muerte de su hijo Lorenzo en 1996:

"Es algo que esta ahí, es una herida que sangra. A veces veo un hombre joven y veo a Lorenzo y eso me ocurre también con los amigos.
No he sido nunca capaz de llorar en serio, salvo alguna vez cuando entré al cuarto de Lorenzo y vi sus cosas...pero lo que sentía era dolor".

Blanca Varela, poeta peruana y madre de Lorenzo dijo:

"La muerte de un hijo es como un segundo parto porque vuelve a centrarnos el vacío en las entrañas".

Alejandro Jodorowsky, escritor escribió tras la muerte de su hijo Teo en 1995 lo siguiente:

"El sufrimiento emocional era tan intenso que el cuerpo entero me dolía. Me sentía culpable de respirar. Todo lo que fui hasta ese momento había estallado en innumerables pedazos. Por qué él y no yo? La muerte brutal de mi hijo me convirtió en un espejo roto...
Los alimentos perdieron su sabor, el sueño se hizo pantano; desprovisto de palabras, la única expresión que me quedaba era el llanto. Los seres humanos, las plantas, los animales, los objetos, todos formando parte de él, el mundo entero era su ausencia. Esa inmensa desesperación hizo que me diera cuenta de mi absoluta falta de fe: si había Dios, El era indiferente. Después de aquello que yo llamaba vida, sólo se nos concedía un abismo negro.
Imposible de aceptar un rostro interior con la capacidad de reencarnar. No había más futuro que las cenizas. Buscando consuelo viajé a Mexico para visitar a mi maestro zen, Ejo Takata. Solo me dijo una palabra: "Duele". Eso me bastó: no había consuelo. No me quedaba más que soportar el dolor. El dolor, la alegría, la variada gama de sentimientos? Nubes efímeras atravesando el azul de un cielo infinito. Si quería volver a vivir, tenia que encontrar en mí mismo aquella región donde lo personal se disuelve, donde ser consiste en aceptar que no se es.
La llaga si bien no desaparecía por lo menos dejaba de torturarme cuando me sumergía en el pensamiento puro...Aquel que no expresaba detalles del individuo, ni sus angustias, ni sus emociones, ni sus deseos, ni sus necesidades, sino que se buscaba a si mismo, tal un espejo reflejando a otro espejo.
Cuando meditando en mi oscuro rincón de duelo me desprendida del yo personal, entraba en la dimensión donde no hay una verdad sino miles, simultáneas, contradictorias, complejas, simples, útiles e inútiles. Todas, aunque diferentes, se respondían, se entremezclaban, unidas como hermanas en mi corazón, que latía en esa zona donde el dolor era impensable.
Meditar, inmóvil durante horas, no fue un consuelo para mí, fue una tabla de salvación".

John Travolta escribió después de la muerte de su hijo Jett en el 2009:

"Dicen que lo más duro es perder un padre. Yo puedo asegurar ahora que eso no es verdad. Lo más duro es perder un hijo. Alguien a quien has educado y visto crecer cada día. Alguien al que le enseñaste a andar y a hablar. Alguien al que le demostraste cómo amar. Esa es la peor cosa que le puede pasar a cualquiera.
Mi hijo Jett murió de un ataque. El me dió tanta alegría. Era todo para mí. Esos 16 años siendo su padre me demostró cómo se podía amar incondicionalmente. Tenemos que pararnos y agradecer lo que tenemos con nuestros hijos, y los hijos deberían hacer lo mismo por sus padres. Porque la vida es muy corta. Pasen tiempo con sus hijos, y que los hijos lo pasen con sus padres. Trátenlos bien porque un día, cuando cojas el telefono para llamarlos, no estarán ahí. Lo que yo he aprendido de todo esto es vivir y amar cada día como si fuera el ultimo. Porque, llegara un día en que lo será. Arriésgate y vive la vida. Di a los tuyos que los quieres, No des todo eso por seguro. La vida merece la pena ser vivida".

La muerte de un hijo duele, la muerte de un hijo te destroza para luego transformarte, la muerte de un hijo te cambia, la muerte de un hijo te desafía, la muerte de un hijo te lleva al abismo, la muerte de un hijo merece de ti que la vivas a plenitud, con el corazón abierto, con la piel al desnudo, con dolor, con lagrimas, con sentimiento, con sentido, con amor, con esperanza, con luz. Merece de ti toda tu atención, tu mirada, no tu indiferencia, no tu ceguera, no tu rechazo, sino tu aceptación, tu amor, tu luz, tu transformación.

Con amor,

Uchi




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